Las modelos del taller suelen ser longilíneas, cuasi adolescentes.
Posan en sesiones de cinco minutos, en contorsiones fastidiosas, para poner a prueba la capacidad de intuir el escorzo.
Pero ayer la modelo era distinta.
No, nada de gorda. Tan sólo había integrado con armonía la dulzura de la curvatura, que, como una huella invisible suele dejar la maternidad en el cuerpo de las mujeres.
Disfruté dibujándola.
Absorbiendo volúmenes, claros y sombras, daba vueltas a un asunto que viene ocupando mis tiempos de desvelo: la restauración de lo femenino en la mujer de edad media.
Bonito tema para una tesis.
Contemplando el panorama compruebo como, con el paso de los años, "ellas" somos en apariencia más "ellos".¿ O tal vez sea a la inversa, y ellos se redondean y acabamos así, "de facto", asumiendo las proclamas del igualitarismo más rancio?
No sé, siempre estas dudas, tan tontas ellas, que me persiguen aunque no quiera.
Lo cierto es que, a poco que nos descuidemos, acabamos en una especie de híbrido-andrógino, entre camionero y matrona romana.
Si a esto le añadimos la moda del verano, al puro estilo mercadillo playero, legins, camiseta de tirantes, blusita suelta o pantalones pesqueros, seguimos por dejar la cana libre, y vamos al minimalismo estético, enarbolando enseñas de "la arruga es bella"...la aniquilación de la especie humana, como hombres y mujeres, pasa de amenaza a hechos recalcitrantes.
Es algo que me da miedo, porque cultivar la propia esencia, todo eso de la autoestima y la autoimagen, pasa por potenciar el "quien" que somos, en versión "él" o "ella". Desde la concepción hasta la muerte.
Como firme defensora de que ante lo que no gusta, el cambio más efectivo es el de la mismidad- porque en el fondo es el único cambio que de verdad controlo- me aplico el cuento, intentando descubrir si ya se me han despertado algunos síntomas de ésa androginia pavorosa...y descubro que sí, que seguramente ya ha empezado la hecatombe...que el derrapaje empieza por los pies: la búsqueda de la comodidad en los zapatos a toda costa. No se trata de comodidad justa, para determinados trabajos, excursiones, paseos, riscos y montañas...no, es otro tipo de cambio. Es la línea transgresora que decide, sin tapujos ni ambages, calzarse ya, para siempre, las mismísimas "barcas de San Pedro", lo que sería la delicia del ortopeda medio...lo que en casa denominan "zapatomonja"...
Así que, conclusiones de la clase de ayer mientras blandía el carboncillo en la dura batalla por la belleza perdida: Niñas/añosas...¡a los tacones!
