lunes, 1 de febrero de 2010

Noche de Ronda


“Noche de Ronda 

qué triste pasa 

qué triste cruza 

por mi balcón. 

Noche de ronda 

cómo me hiere 

cómo lastima 

mi corazón”.
Lo de ayer no fue una noche de Ronda si no una tarde de plancha. Pero durante muchos años, esas tardes de vapor y “Toke”, eran sinónimo de la misma melancolía desdichada del bolero.

¡Qué peñazo! La glomada de ropa desborda la cesta. Me parecía un castigo divino, dale que pego a la plancha. Total, “pa na”. Covertía estas tardes en un contrareloj, cuanto antes se acabe, mejor.

Me veía a mí misma como una Heracles moderna, sirviendo como esclava del rey de Micenas-MiGeorge.
El cesto de la ropa era el gigante Gerión, a quien debía dar muerte, después de haber limpiado los establos de Augías… Ya podéis imaginar que con esta banda sonora, terminaba la película calentita por dentro y por fuera.

Pero un día, el relato de una amiga, me descubrió el misterio que encierra “le fer a repasser” y demás castigos domésticos.

-Ven aquí, pequeña saltamontes. La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?

Existió en un lejano país un marido que, los domingos por la tarde, conseguía la felicidad de los siete cielos amarillos planchando.

-¿Cómo pudo ser semejante milagro, amado Maestro?

-El secreto está en la escondida sabiduría masculina, que haberla, hayla.

Con esmero preparaba la labor: Una radio con “Carrusel deportivo”, Cigarrito y cenicero, para ir alternando con unas olivitas rellenas y el vasito de fino, que delicadamente dejaba sobre un estante.
Una camiseta, olivita va, traguito viene.
Media manga…¡¡¡¡!!!GOLGOLGOOOOOOL!!!!! Cigarrito pa celebrarlo. 
Pernera de pantalón, sorbito fino pa entonar. 
Así se hace historia, así se consiguen objetivos, y el contenido de la cesta iba desfilando hacia el armario.


La pequeña saltamontes comprendió de inmediato. Tenía que profundizar en la riqueza de la complementariedad y aprender … del macho homínido…

No había descubierto las asombrosas posibilidades que la plancha ofrece: Un hábitat aislado, como dicen las revistas de decoración, para tener mi propio espacio, porque es de los pocos momentos en los que la tribu no se acerca, su instinto les previene, saben que puedo ser peligrosa con una plancha en la mano…
Libertad de pensamiento: Cuando te has planchado cientonoveintisietemil camisas de algodón, con sus plieguecitos y todo, las manos van solas, y la cabeza en lugar de dar vueltas al triste destino como esclava moderna, se dirige a otras ambiciones y se logra el milagro.

Un cuadernito, un lápiz de Ikea, el sonotone con radio clásica…y a planchar.

Camisita a cuadros…¿Soy realmente libre? …idea para el cuaderno.
Estirar un tejano…lapicero y dibujito para un proyecto.
Arrugas en unos puños rebeldes…un esquema que aclara.

Nada como la plancha para la vida artística e intelectual.