Suelen sentarse en los bancos del final, cerca de la puerta.
Todos los domingos en Misa de 12: 30, allí están puntuales, cinco o seis ancianos
con su cuidadora.
Son viejos distintos aunque tienen canas, arrugas, artrosis y reuma como los
demás viejos. Incluso la lentitud, ése ritmo cadencioso que va esculpiendo la
vida en las articulaciones, es diferente en ellos. Su falta de celeridad es
amodorrada, está en sus huesos desde siempre y sus ojos parecen mirar sin rumbo,
desenfocados. Pero son miradas con brillo. Sutil y fugaz, una centella les da vida.
Juntan las manos arrugadas y sin embargo infantiles y rezan
con una piedad dulce, como sólo lo hacen los niños pequeños. Después les llega el cansancio y
duermen o se enredan unos a otros, o llenan de besos y arrumacos a la cuidadora, que
emociona con su cariño y paciencia.
Si hay sitio libre, me gusta sentarme detrás de ellos, para
poder disfrutarlos, y agradecerle a Dios que nos quiera tanto, a todos. Y para
preguntarme cuáles son los parámetros de lo que llamamos normalidad.
