Entonces aparece aquí el samaritano. ¿Qué es lo que hace? No se pregunta hasta dónde llega su obligación de solidaridad ni tampoco cuáles son los méritos necesarios para alcanzar la vida eterna. Ocurre algo muy diferente: se le rompe el corazón. El Evangelio utiliza la palabra que en hebreo hacía referencia originalmente al seno materno y la dedicación materna. Se le conmovieron las «entrañas», en lo profundo del alma, al ver el estado en que había quedado ese hombre. «Le dio lástima», traducimos hoy en día, suavizando la vivacidad original del texto. En virtud del rayo de compasión que le llegó al alma, él mismo se convirtió en prójimo, por encima de cualquier consideración o peligro. Por tanto, aquí la pregunta cambia: no se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo. Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como «yo mismo».
Pues va a ser que sí, que la antropología me persigue.
También en la publicidad.
No dejan de sorprenderme los mimbres con los que estamos hechos. Tenemos en potencia tantas capacidades, tenemos en nuestra esencia la mayor de las oportunidades. Todo depende de nuestra libertad. Querer o no querer: thats is the question. Nada está hecho del todo, y siempre es posible cambiar, para bien o para mal.
Soy tu madre, soy tu padre. Pero de cómo concrete esta esencia en el día a día, será ésa maternidad/paternidad.
Soy tu hijo, soy tu hija. Pero en mis manos está serlo como lo son los hijos buenos. O no.
El resumen está en lo concreto, en si de verdad puedes contar conmigo... o me escaqueo en mis excusas de siempre: tengo mucho trabajo, tampoco es tan importante, estoy lejos, ya hay otros, siempre me toca a mi, mañana-mañana, cuando tenga tiempo...y todas esas perífrasis con las que nos engañamos para decir: no quiero.
Porque es así de sencillo. La medida la da lo que tu necesites, no lo que a mi me apetezca dar. Cuenta conmigo. Incondicionalmente. Como yo cuento contigo.
Este texto es un trocito del libro que escribí para mi padre cuando cumplió 80 años.
Hoy, otra vez, para él, con cariño, agradecimiento, admiración.
Los padres de los sesenta no tenían porqué ser “coleguis” para ser buenos padres.
Y se agradecía.
Ese "escalafón" natural, implicaba también
la necesaria libertad y distancia que deja crecer con seguridad, pero
sin atosigamientos infantiloides.
Ahora que tengo hijos lo entiendo y vivo desde la
otra vertiente…
Mi padre sabe cual es el lugar de cada uno, sin ser
más ni menos.
Eso se percibe, por ejemplo, en cómo se lleva con mi perro. Juega
con él, le tira la pelota, lo remoja con la manguera, incluso llega a mimarlo
con trozos de pan y caricias, pero siempre sabe que es un perro. Que su hábitat
es la calle, que no necesita calefacción ni hilo musical.
No lo imagino humanizándolo e inventándose
sentimientos y lenguajes que no sean los propios y naturales en cada uno.
Y a los niños, los trata del mismo modo que a
nosotros cuando éramos pequeños.
Con la seguridad de un adulto. Sí, así nos
hablaba, como lo hacen los adultos, sin "memeces" ni romances.
El era
el padre, y como tal nos quería y se comportaba, no como esa especie de
“amiguetes con experiencia”, con esa actitud llena de infantilismo que parece
ser obligatorio para ser un padre a la moda.
Mi padre pocas veces tenía que repetir una orden, nos bastaba con su mirada. Y no era por
miedo a su “poder”, era la natural obediencia que los hijos deben a sus padres.
Seguridad y confianza.
Aunque, claro, esa jurisdicción está para ser
saltada, ésa es la primera obligación de los hijos.
Un título engañoso. Porque con el AMOR, sobra y basta.
Sólo se queda corto el amor superficial .
Lo que nos pasa / lo que me pasa, es que vivimos una caricatura.
Hacemos una bufonada ridícula de la verdad, convirtiéndola en trapos babosos, inservibles.
Cuántas veces después de una discusión, de un desencuentro, disfrazamos de generosidad nuestro ego, y para zanjar la cuestión, exclamamos con humildísima soberbia:
"…y perdóname, si en algo te he ofendido…"
Mal andamos.
Mal principio para empezar de nuevo: Autoengaño, adormidera para la conciencia.
Castración de toda la potencia renovadora del perdón, que es la máxima manifestación del amor.
"si en algo te he ofendido…"
es decir..., si eres tan susceptible que te ofendes solo.
"si en algo te he ofendido…"
es decir…no me interesa ni saberlo.
"si en algo te he ofendido…"
es decir…no tengo la menor intención de cambio
"si en algo te he ofendido…"
son palabras hinchadas de soberbia, nada mas lejos del auténtico perdón.
El perdón, como el amor, se declina en concreto, con tu y un ahora.
El perdón exige sentirse responsable, con dolor por el dolor ajeno, con el deseo de reparar, y al menos,la intencion de cambiar, para no seguir hiriendo.
Ha hecho un frío inusual en esta tierra. Cosas del calentamiento global.
Tampoco es habitual que coja el coche para rondar por la ciudad. El metro me da alas, aunque sean para volar por el subsuelo.
Mientras al volante disfruto de buena música clásica y calefacción, los peatones se encogen en los semáforos, con un atrezzo invernal que es una novedad en Barcino. Nunca hace tanto frío como para que las damas de Diagonal de Arriba paseen mucho con sus abrigos de piel.
Aquí los inviernos son mediterráneos, y yo estoy hecha a otros fríos, añoro las escarchas y los témpanos
o "chuzos" helados y amenazantes.
Por eso ni me acordaba del abrigo.
El famoso abrigo.
Me lo trajeron los Reyes Magos hace…¿mil, cien…? No, más o menos debe hacer unos veinte años.
Claramente el paje encargado de elegir aquel abrigo era muy novato en gustos femeninos.
No me gustó pero nada de nada.
Era un abrigo "bueno".
Clásico a más no poder, seguro que el paje de los Reyes Magos se había dejado un pastón…
Un disgusto de abrigo.Mi careto hablaba por sí solo…
La juventud tiene esas cosas, está segura de que el mundo gira y debe adaptarse al propio ombligo: queremos que nos sorprendan pero con la sorpesa que queremos. Y sin decir qué o cómo debe ser esa sorpresa…claro, porque entonces ya no tiene gracia…se trata de una sorpresa¿no?...
Por circunstancias largas de explicar, el abrigo no se podía cambiar.
Había que comérselo con patatas, o confitarlo…
Mi madre, sabia como siempre, me dijo para consolarme: "No te preocupes, dentro de veinte o treinta años, te gustará".
Durante tantos años ha sido "el abrigo". Siempre en su colgador, quietecito. Como estaba él, no me hacía falta otro… aunque fuese una prenda puramente testimonial. Era tan "bueno", que había que aprovecharlo, y su presencia espantaba otras posibilidades más "trending".
Me lo he puesto en tan contadas ocasiones que sigue nuevecito, y como es TAN clásico, siempre está lo suficientemente pasado de moda.
Este invierno, lo he visto con otros ojos.
Y una vez más, como casi siempre, mi madre tenía razón.
Ahora ya he madurado, ya tengo edad para ése abrigo de "señora mayor".
He valorado su lana cálida, su color sempiterno, el diseño atemporal…y me he arrepentido de ser tan tozudamente joven, durante tantos años.
De mi ceguera.
Curiosamente, en la radio suenan scherzos de Chopin.
Bromas musicales.
La mejor compañía para no tomarse demasiado en serio la vida.
Viajar al extranjero es uno de los modos clásicos para adquirir disintas perspectivas y enfocar desde otra distancia la realidad cotidiana.
Sienta bien "poner tierra por medio" para afrontar la monotonía.
Lo sabe cualquier guionista que se precie: mandar al protagonista a dar una vuelta "por esos mundos de Dios", es un recurso infalible para dar emoción a un guión descolorido.
Un viaje siempre ofrece posibilidades de exotismo.
Las tierras bárbaras nos esperan a la vuelta de la esquina, y en apenas dos horas "Las Francias" nos sumergen en otro mundo y sus habitantes.
Tan iguales y con tantas diferencias al mismo tiempo.
Porque de vez en cuando hay que "reFranchutarse".
Un paseo-promenade, quesos, vino, foie, y alguna curiosidad o souvenir que certifique el viaje.
Esta vez ha sido un juego infantil, extranjero también en el tiempo: "J'aprens…Les Bonnes Manieres".
Me ha engatusado la presentación, desde la primera ilustración:
"Les bonnes manieres, cela s'appelle aussi la politesse.
Et la politesse, c'est une clef magique qui ouvre les portes du bonheur et le coeur des gens.
Si tu la possèdes tous ceux que tu rencontres ont envie de t' aimer."
No es fácil la traducción.
Las palabras tienen vida íntima, que sólo se pueden comprender dentro de su contexto vital.
Hay que vivirlas.
¿Cómo definir "politesse"? Cortesía, educación…más o menos.
¿Y "bonheure"? Es felicidad pero entreverada de "Bien".
"Llave mágica", eso suena "tres bien".
Ya pienso en los nietos.
Me ha parecido un buen proyecto este juego que despierte sus deseos de "ser amable", como primer paso para aprender a amar.
Porque ser amable es poner fácil que nos amen, hacernos apetecibles, quitar dificultades a la felicidad ajena …
Y como esto del amor es tan concreto y preciso, se empieza, por ejemplo, por lavarse las manitas antes de sentarnos a comer, o protegiendo a los demás de nuestros bostezos, toses y estornudos con un simple gesto de la mano ante la boca…